¿Inspiración para Trump?: esta es la historia de McKinley, el expresidente que supo aprovechar el declive europeo
¿Inspiración para Trump?: esta es la historia de McKinley, el expresidente que supo aprovechar el declive europeo
Sputnik Mundo
William McKinley, el 25.° mandatario de EEUU es recordado como el arquitecto de la transformación de su país en una potencia mundial en los albores del siglo... 19.01.2026, Sputnik Mundo
Un legado vigenteSi bien su nombre no suele aparecer habitualmente en los rankings de los presidentes más importantes o populares en la historia de EEUU, en las últimas semanas la relevancia del legado del Gobierno de McKinley (1897-1901) se ha hecho más evidente que nunca.Esto no solo porque el actual presidente de EEUU, Donald Trump (republicano y entusiasta de los aranceles como el propio McKinley), suele mencionarlo como su gran inspiración —invocó su nombre incluso en su discurso de inauguración el 20 de enero de 2025 y colgó un retrato suyo en la Oficina Oval— sino que la política del 25.° mandatario estadounidense, basada en el aprovechamiento de la debilidad militar y económica europea, no podría ser más actual. Nacido en Ohio y veterano de la Guerra Civil, McKinley llegó a la Casa Blanca en 1897 tras 14 años en la Cámara de Representantes, donde como legislador impulsó la Ley Arancelaria de 1890, conocida popularmente como el "Arancel McKinley". Esta normativa elevó los impuestos a las importaciones en un promedio del 50%, con la intención de blindar a la industria nacional frente a la competencia extranjera y consolidar a la naciente clase trabajadora urbana (objetivo que fue logrado, ya que entre 1880 y 1910, la mano de obra industrial estadounidense se triplicó).Una vez como presidente, sin embargo, enfocó su atención no solo en ampliar los horizontes comerciales, sino también en hacer crecer los límites territoriales de EEUU. Su visión perseguía no tanto la prosperidad económica interna, sino el impulso de la presencia estratégica del país alrededor del mundo, que había sido dominio exclusivo de los imperios europeos desde el siglo XV.La flamante potencia frente al Viejo ContinenteSu presidencia, que llegaría a un abrupto final en 1901 apenas luego de obtener la reelección al ser asesinado por un militante anarquista en un evento público, coincidió con un momento en el que las estructuras imperiales de Europa comenzaban a mostrar signos de fatiga y agotamiento. McKinley supo leer esta vulnerabilidad y buscó posicionar a Estados Unidos como el heredero natural de la influencia en el Caribe y el Pacífico.Uno de los episodios claves de esta política fue el triunfo en la guerra Hispano-Estadounidense en 1898, un conflicto que confirmó la decadencia del imperio español, tras casi tres siglos de dominio en el continente americano. Al derrotar rápidamente a una potencia europea de capa caída, McKinley logró que Washington controlara Puerto Rico y Guam, estableciendo baluartes estratégicos en el Caribe y el Océano Pacífico.Esta victoria no solo fue militar, sino que representó el principio del final de la influencia del Viejo Mundo —una Europa acostumbrada durante siglos a tomar territorios por la fuerza y no a perderlos— y la primera señal de lo que sucedería en el resto del siglo XX: la superioridad de la flamante potencia estadounidense por sobre los países europeos.La visión de McKinley también se materializó con la conquista de las Islas Filipinas y la incorporación de Hawái en 1898, un movimiento que consolidó la hegemonía estadounidense en el Pacífico Central. Con el archipiélago como base de operaciones, la capacidad de la marina estadounidense para proyectar poder se multiplicó, asegurando la defensa de las rutas comerciales.Asimismo, McKinley impulsó la división de las Islas Samoa mediante la Convención Tripartita de 1899, consiguiendo que la Samoa Americana quedara bajo jurisdicción de Washington tras convencer al Reino Unido y Alemania, a quienes no les quedó otra opción más que aceptar el acuerdo (y la compensación económica que preveía). Esto debido a que la histórica táctica de "diplomacia de cañonero" practicada por Europa, es decir, a través de la coerción militar, ya no funcionaba con un imperio dinámico y de mayor capacidad industrial. Otro éxito de su Administración para obtener ventajas en áreas de alto valor logístico fue la creación de un canal interoceánico en Centroamérica, lo que eventualmente culminaría con el dominio estadounidense sobre la zona del Canal de Panamá."Paralelismos evidentes"Para Samuel Losada, internacionalista egresado de la Universidad de Buenos Aires, la política actual de EEUU presenta similitudes notables con la audacia de McKinley, especialmente en su interés por adquirir Groenlandia, un territorio semiautónomo que pertenece a Dinamarca."Al igual que McKinley detectó la fragilidad del imperio español y británico, Donald Trump percibe correctamente una Europa sumisa y debilitada por varios factores: crisis internas, una ciudadanía escéptica de sus políticos y un sistema de defensa militar que ha dependido por demasiado tiempo de EEUU gracias a la OTAN y no es efectivo", señala para Sputnik.Esta realidad, sostiene Losada, ha hecho que el mandatario haya visto una ventana de oportunidad para ampliar la extensión territorial de EEUU. Sin embargo, José Luis Romano, internacionalista egresado de la Universidad de la República Oriental del Uruguay (UDELAR), afirma que una diferencia "no poco importante" de ambas situaciones es el lugar que ocupa EEUU.En ambos casos, añade, se trata de líderes que se vieron frente a una "oportunidad histórica" dado el deterioro europeo y actúan para aprovechar esa flaqueza militar y geopolítica, convirtiéndola en una victoria territorial, pero también asegurando "la autonomía energética para EEUU y dominar las nuevas rutas comerciales que le seguirán al deshielo ártico", concluye.
William McKinley, el 25.° mandatario de EEUU es recordado como el arquitecto de la transformación de su país en una potencia mundial en los albores del siglo XX, detectando el comienzo del fin de los imperios español y británico. "Es una figura clave para entender lo que pasa en el mundo", dijo un experto a Sputnik.
Un legado vigente
Si bien su nombre no suele aparecer habitualmente en los rankings de los presidentes más importantes o populares en la historia de EEUU, en las últimas semanas la relevancia del legado del Gobierno de McKinley (1897-1901) se ha hecho más evidente que nunca.
Esto no solo porque el actual presidente de EEUU, Donald Trump (republicano y entusiasta de los aranceles como el propio McKinley), suele mencionarlo como su gran inspiración —invocó su nombre incluso en su discurso de inauguración el 20 de enero de 2025 y colgó un retrato suyo en la Oficina Oval— sino que la política del 25.° mandatario estadounidense, basada en el aprovechamiento de la debilidad militar y económica europea, no podría ser más actual.
Nacido en Ohio y veterano de la Guerra Civil, McKinley llegó a la Casa Blanca en 1897 tras 14 años en la Cámara de Representantes, donde como legislador impulsó la Ley Arancelaria de 1890, conocida popularmente como el "Arancel McKinley". Esta normativa elevó los impuestos a las importaciones en un promedio del 50%, con la intención de blindar a la industria nacional frente a la competencia extranjera y consolidar a la naciente clase trabajadora urbana (objetivo que fue logrado, ya que entre 1880 y 1910, la mano de obra industrial estadounidense se triplicó).
Una vez como presidente, sin embargo, enfocó su atención no solo en ampliar los horizontes comerciales, sino también en hacer crecer los límites territoriales de EEUU. Su visión perseguía no tanto la prosperidad económica interna, sino el impulso de la presencia estratégica del país alrededor del mundo, que había sido dominio exclusivo de los imperios europeos desde el siglo XV.
Su presidencia, que llegaría a un abrupto final en 1901 apenas luego de obtener la reelección al ser asesinado por un militante anarquista en un evento público, coincidió con un momento en el que las estructuras imperiales de Europa comenzaban a mostrar signos de fatiga y agotamiento.
McKinley supo leer esta vulnerabilidad y buscó posicionar a Estados Unidos como el heredero natural de la influencia en el Caribe y el Pacífico.
Uno de los episodios claves de esta política fue el triunfo en la guerra Hispano-Estadounidense en 1898, un conflicto que confirmó la decadencia del imperio español, tras casi tres siglos de dominio en el continente americano. Al derrotar rápidamente a una potencia europea de capa caída, McKinley logró que Washington controlara Puerto Rico y Guam, estableciendo baluartes estratégicos en el Caribe y el Océano Pacífico.
Esta victoria no solo fue militar, sino que representó el principio del final de la influencia del Viejo Mundo —una Europa acostumbrada durante siglos a tomar territorios por la fuerza y no a perderlos— y la primera señal de lo que sucedería en el resto del siglo XX: la superioridad de la flamante potencia estadounidense por sobre los países europeos.
La visión de McKinley también se materializó con la conquista de las Islas Filipinas y la incorporación de Hawái en 1898, un movimiento que consolidó la hegemonía estadounidense en el Pacífico Central. Con el archipiélago como base de operaciones, la capacidad de la marina estadounidense para proyectar poder se multiplicó, asegurando la defensa de las rutas comerciales.
Asimismo, McKinley impulsó la división de las Islas Samoa mediante la Convención Tripartita de 1899, consiguiendo que la Samoa Americana quedara bajo jurisdicción de Washington tras convencer al Reino Unido y Alemania, a quienes no les quedó otra opción más que aceptar el acuerdo (y la compensación económica que preveía).
Esto debido a que la histórica táctica de "diplomacia de cañonero" practicada por Europa, es decir, a través de la coerción militar, ya no funcionaba con un imperio dinámico y de mayor capacidad industrial.
Otro éxito de su Administración para obtener ventajas en áreas de alto valor logístico fue la creación de un canal interoceánico en Centroamérica, lo que eventualmente culminaría con el dominio estadounidense sobre la zona del Canal de Panamá.
"Paralelismos evidentes"
Para Samuel Losada, internacionalista egresado de la Universidad de Buenos Aires, la política actual de EEUU presenta similitudes notables con la audacia de McKinley, especialmente en su interés por adquirir Groenlandia, un territorio semiautónomo que pertenece a Dinamarca.
"Al igual que McKinley detectó la fragilidad del imperio español y británico, Donald Trump percibe correctamente una Europa sumisa y debilitada por varios factores: crisis internas, una ciudadanía escéptica de sus políticos y un sistema de defensa militar que ha dependido por demasiado tiempo de EEUU gracias a la OTAN y no es efectivo", señala para Sputnik.
Esta realidad, sostiene Losada, ha hecho que el mandatario haya visto una ventana de oportunidad para ampliar la extensión territorial de EEUU.
"La iniciativa (…) poco a poco empezó a verse como una jugada inteligente —aunque arriesgada— para conseguir a la vez recursos naturales y una posición estratégica privilegiada", indica el analista, afirmando que una incorporación de Groenlandia "reconfiguraría" el mapa de América del Norte y enterraría cualquier imagen de una Europa competente o fuerte.
Sin embargo, José Luis Romano, internacionalista egresado de la Universidad de la República Oriental del Uruguay (UDELAR), afirma que una diferencia "no poco importante" de ambas situaciones es el lugar que ocupa EEUU.
"Mientras que McKinley quería convertir a EEUU en una potencia, Trump está buscando revertir el declive de EEUU y que siga siendo un actor global de peso, incluso si eso implica alienar a Europa, que es vista como un socio débil y por lo tanto enteramente prescindible", apunta.
En ambos casos, añade, se trata de líderes que se vieron frente a una "oportunidad histórica" dado el deterioro europeo y actúan para aprovechar esa flaqueza militar y geopolítica, convirtiéndola en una victoria territorial, pero también asegurando "la autonomía energética para EEUU y dominar las nuevas rutas comerciales que le seguirán al deshielo ártico", concluye.
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