Finalmente el perro ha mordido la mano y el lobo ha mostrado su verdadero lomo. El asunto no ha podido llegar en peor momento —si ignoramos la Ley de Murphy—. Crisis financiera, colapso sanitario como consecuencia de la mala gestión relacionada a la pandemia y protestas antirracistas a raíz de la muerte del ciudadano afroamericano George Floyd a manos de la Policía de Minneapolis. Ahora, el presidente estadounidense, Donald Trump, ha autorizado aplicar sanciones contra funcionarios de la Corte Penal Internacional que investigan presuntos crímenes de guerra cometidos por soldados estadounidenses en Afganistán. Es su respuesta a la decisión del ente jurídico de dar luz verde a dicha investigación luego de que en abril de 2019 la iniciativa fuera rechazada.
Pero, ¿es la decisión de Trump el verdadero problema? No. Él solo ejecuta el guion tradicional en cuanto a política internacional del país que preside, por lo que hay que reconocer el poco margen de elección a su disposición.
El problema es que el mundo finalmente ha decidido dejar de hacer de tonto y EEUU lleva demasiado tiempo cometiendo actos durante sus campañas militares —por mencionar una de sus modalidades de actuar— que son vistas a vuelo de pájaro como criminales, o cuanto menos —si no es importante parecer un poco cínico— hay ciudadanos de otros Estados que han sido perseguidos, detenidos, enjuiciados y condenados por la CPI por cometer los mismos actos que las tropas estadounidenses y/o de acuerdo a las declaraciones sugerentes del presidente Trump, también algunos de sus socios.

Pese a ello, lo más remarcable de todo esto y sin desmeritar la presente intención de la CPI de impartir justicia, es decir, de dar a cada uno lo suyo, es en retrospectiva la posibilidad de establecer un precedente que persuada a otros en demandar la investigación de actos criminales presuntamente cometidos en otras campañas militares antes o después de Afganistán. Sin embargo, de cara al futuro es también el atisbo de deseo por parte del organismo en homogeneizar el concepto y la práctica de justicia en una realidad en donde ya el fin no justifica los medios. Algo que debe aplicar a todos los Estados que son parte de ella.