Eugenio nació en París, pero vive en Madrid. Su piso en el centro de la capital de España es un pequeño trozo de Rusia, lleno de símbolos de la antigua época: banderas del Imperio ruso, dibujos de los soldados y oficiales de los tiempos de la Guerra Patria de 1812 y, claro, el retrato del último zar ruso, Nicolás II.
Captan la atención también múltiples fotos en blanco y negro de varios representantes de la saga familiar de los Dobrynin y de otros aristócratas rusos, que se opusieron a la revolución bolchevique de 1917 y a los cuales los caminos del destino los empujaron a emigrar al extranjero.

De cada una de esas fotos, Eugenio puede dar un relato detallado.
Una familia de larga tradición
Eugenio habla con facilidad sobre sus propios antecesores y los de otras familias nobles del Imperio ruso.
Su apellido se remonta al siglo XVI. El zar Iván el Terrible privó a los desafiantes boyardos Dobrynin de todos los privilegios y los expulsó de la ciudad de Novgorod. Pero la familia no cayó en la oscuridad.
Para el siglo XVIII, los comerciantes Dobrynin se ocuparon de la creación de armamento y apoyaron a Rusia en las múltiples guerras que desarrollaba el Imperio.

"Los Dobrynin fundimos las campanas para hacer cañones en la guerra contra los suecos en tiempos de Pedro I el Grande", destaca Eugenio.
Por su servicio y lealtad, el zar Alejandro II concedió de nuevo a la familia de los Dobrynin el título nobiliario y, hasta la Revolución, sus miembros ocupaban puestos de importancia en el Imperio.
Escapar del fuego revolucionario
Las revoluciones de Febrero y de Octubre de 1917 sacudieron los pilares de la sociedad rusa. La guerra civil dividió familias y generó caos en el país. Los bolcheviques persiguieron a los aristócratas y los altos funcionarios del "antiguo régimen".
Casi de milagro, el abuelo de Eugenio, Wladimir Feodorovitch Dobrynin, encargado de la reforma agraria durante el mandato del entonces primer ministro, Piotr Stolypin, escapó al fusilamiento de manos de los revolucionarios. Uno de los comisarios le conocía en persona y prohibió que se prosiguiera con la ejecución.

En diciembre del mismo año se ve arrestado por segunda vez, pero logra escapar, y la familia decide trasladarse a Kiev. Ucrania, que proclamó su independencia en noviembre de 1917, concedió la nacionalidad a Dobrynin, pero, debido a la inestable situación del país, la familia optó en 1919 por marchar a Novorosíisk para reunirse con las tropas blancas del general Antón Denikin.
El 25 de diciembre de 1919 —tras una nueva detención, un periodo de cautiverio y, posteriormente, una fuga en pleno combate—, Wladimir Feodorovitch Dobrynin murió a causa de una "deficiencia cardiaca". Ya en enero de 1920 su viuda, Eugenia Nikoláevna Dobrýnina, con su hijo y sobrina, abandonó Rusia.

Nueva patria en Francia
Tras vivir tres años en Inglaterra, la familia se trasladó a París en 1923. Con un poco de apoyo del comité de los emigrantes rusos de Constantinopla y trabajando para la famosa diseñadora Coco Chanel, las mujeres lograron pagar por los estudios del hijo —Nikita Wladimirovitch Dobrynin, el padre de Eugenio—, que demostró una gran habilidad para las matemáticas.

"Ingresó en la Escuela Superior de Aeronáutica y se hizo ingeniero aeronáutico. Empezaron a tener un poco de dinero, ya que mi padre empezó a trabajar", cuenta.
La carrera de Nikita Wladimirovitch comenzó en la empresa del conocido constructor de aviones Marcel Dassault, el futuro creador de los cazas Mirage. Luego, en otra compañía aeronáutica, Dobrynin participó en la elaboración del avión más rápido de Europa de la época, que ganó un concurso de velocidad en 1934.

A finales de la década de 1920, el Gobierno galo ofreció a los emigrantes rusos la nacionalidad francesa, o bien guardar su estatus de apátridas. Nikita Wladimirovitch decidió asumir la nacionalidad de Francia mientras "toda la migración rusa pensaba siempre que, en algún momento, podríamos volver a Rusia".
Así, Dobrynin, oficial del Ejército galo, luchó, junto con otros muchos emigrantes rusos, contra la invasión alemana durante la II Guerra Mundial.

"En el poco tiempo que duró la guerra en Francia contra los alemanes, murieron más de 650 rusos del bando blanco en las filas francesas. Los rusos fueron agradecidos con su país de acogida", destaca su hijo Eugenio.
En la época de la Francia ocupada, Dobrynin padre colaboró con la Resistencia francesa. Tras el desembarco de los Aliados en Normandía en 1944, se incorporó al Ejército estadounidense como oficial de comunicaciones, donde sirvió hasta el fin de la guerra.
Hijo de un ruso-francés y una española
En 1948, Nikita Wladimirovitch Dobrynin encuentra a María Luz Sirvent, su futura esposa.
Curiosamente, su hermana mayor, Lucía Seslavin Sirvent, ya tenía familia rusa: era la viuda del emigrante del bando blanco Jorge Seslavin, descendiente del general del Ejército ruso Alejandro Seslavin, distinguido comandante en la guerra de 1812 contra Napoleón.

El propio Eugenio Nikititch Dobrynin, futuro oficial de la Armada francesa, nació en 1957 en París. En 1985 se trasladó a España, donde empezó su carrera como abogado.
Ni su abuela, Eugenia Nikoláevna, ni su padre, Nikita Wladimirovitch, lograron regresar a Rusia, aunque el padre sobrevivió la URSS. El propio Dobrynin hijo visitó la tierra de sus ancestros en 1995.
Para Eugenio hablar ruso es difícil —no tuvo mucha práctica en España, ni tampoco su padre insistía en que aprendiera la lengua—. No obstante, sus dos hijos llevan nombres rusos: Wladímir y Sergio. "Yo creo que Sergio va a volver a Rusia. Tiene ganas de vivir allí", opina.
Conciencia dividida: luchar contra el comunismo… o por su país natal
"La revolución trajo un desastre para Rusia. Toda la intelectualidad, todo lo que eran las grandes artes, etc., se perdió. Pero no se perdió tanto, gracias a que dentro de la migración se mantuvo la cohesión. Se guardó la historia, la música, la literatura. Se conservó", asegura Dobrynin.
Toda la migración rusa a menudo se enfrentaba a duras decisiones morales, sobre todo en su relación con el comunismo.
Así, el apoyo de la URSS a los republicanos y el envío de voluntarios soviéticos para luchar en la Guerra Civil española (1936-1939) está bien documentado. Al mismo tiempo, decenas de rusos blancos se unieron a los carlistas (un movimiento político español de carácter tradicionalista y legitimista, que buscaba establecer una rama alternativa de los Borbones en el trono), que apoyaron a Francisco Franco en su lucha contra los republicanos —desde la perspectiva de los rusos blancos, "contra el comunismo" que los había expulsado de Rusia—.
Pero, sin duda ninguna, la crisis más dura la trajo la Segunda Guerra mundial.
"Era un gran dilema", admite Dobrynin.
Muchos rusos blancos ingresaron en la División Azul de Voluntarios y se dirigieron al Frente Oriental, donde participaron, entre otras operaciones, en el sitio de Leningrado.
"Fueron chicos ideológicamente contrarios al comunismo, y fueron a luchar a Rusia por unos ideales, igual que los rusos que vinieron aquí a España", subraya Dobrynin. Los mismos ideales los defendían los emigrantes blancos que decidieron ingresar en las filas alemanas, opina Eugenio.
Ahora están considerados en Rusia como traidores, porque "no creo que haya alguna familia rusa que no haya tenido un familiar directo o indirecto que haya muerto o haya sido herido" durante la Gran Guerra Patria. Por eso, es difícil para los rusos de hoy entender que los emigrantes blancos no luchaban en contra de Rusia sino a favor de ella —a su propia manera—, enfatiza Dobrynin.
¿Quién es culpable y qué hay que hacer?
Eugenio ofreció sus respuestas para estas dos preguntas, arraigadas en la cultura rusa como 'cuestiones eternas'.
Uno de los culpables, según él, es el último zar, Nicolás II.
"Desgraciadamente, fue un desastre. No estuvo a la altura. Un zar tiene que poner por delante aquello para lo que está destinado: para gobernar. No puede ocuparse de otras cosas", asevera Dobrynin.
Dobrynin dice que para dar un paso adelante habría que analizar el período comunista a nivel estatal.
"No hablo de hacer un juicio [análogo al de Núremberg sobre el régimen nazi]. Hay que analizar la realidad de los hechos. No con ánimo negativo, sino para que [se produzca] una constatación de los hechos: que hubo una represión muy fuerte, y con un coste muy elevado", prosigue.
"Hay que poner las cosas realmente en perspectiva: Stalin fue un criminal. Lenin fue un criminal", según el interlocutor.
Paralelamente, no hay que hacer las cuentas y reclamar una compensación cualquiera para la aristocracia rusa, subraya Dobrynin:
"Mi padre decía que Rusia había sufrido muchísimo en estos años [del período comunista] y había experimentado una pérdida humana tremenda. Nosotros —la emigración— no estamos en condiciones de poder exigir nada al pueblo ruso, porque ya han sufrido [bastante]".
La guerra civil es lo peor que puede pasar. La guerra siempre destroza vidas, sin importar a qué lado se encuentren. Una guerra de esas características influye en las generaciones futuras y es capaz de sacudir la situación en diferentes partes del planeta.
Al mismo tiempo, Eugenio no recuerda a sus padres y la gente de su entorno hablar sobre la guerra civil, ya sea española o rusa. Resulta que solo los que no han experimentado la guerra buscan discutir sobre ella. Los que ven en primera persona cualquier guerra, no quieren recordarlo ni contarlo.
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En calidad de conclusión
Eugenio es capaz de hablar durante horas sobre la historia de su familia y de otras familias de la emigración blanca rusa.
El vasto conocimiento de Eugenio Dobrynin de la historia rusa y de la aristocracia del país eslavo ofrece un viaje al pasado de toda la sociedad de la época.