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El libro "es el objeto más revolucionario que puede existir" | Video

Este 23 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro. Mientras la literatura latinoamericana vive una nueva "edad de oro" en el mercado global, Ecuador enfrenta una disyuntiva en el ecosistema editorial tras la reciente cancelación de la Feria Internacional de la Capital y su posterior traspaso al Ministerio de Educación.
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En una entrevista exclusiva con la galardonada escritora y editora Sandra Araya, Sputnik aborda la razón por la que el libro sigue siendo el objeto más revolucionario frente a la inmediatez digital y cómo la edición independiente está rompiendo el "ninguneo" al lector local.

El libro como "acto revolucionario"

El 23 de abril no es solo una fecha en el calendario cultural, es un recordatorio de la capacidad del pensamiento humano para trascender fronteras. Sin embargo, para los escritores y editores ecuatorianos, esta conmemoración llega en un momento de incertidumbre institucional.
La gestión de los espacios culturales en Ecuador ha generado un debate intenso sobre la autonomía del sector frente a los entes estatales, poniendo en tela de duda si las políticas públicas están realmente alineadas con las necesidades de quienes crean y consumen literatura.
La reciente cancelación de la Feria Internacional del Libro en la capital ecuatoriana y su inmediata reasignación al Ministerio de Educación ha encendido las discusiones al respecto. Para Sandra Araya, ganadora del Premio La Linares en 2015 y figura clave de la edición independiente en el país, este escenario refleja una desconexión entre la burocracia y el ecosistema del libro.

"Hablar del contexto ecuatoriano justo en este momento es complicado. Nosotros tuvimos la cancelación de la Feria Internacional de la Capital hace un par de semanas y al día siguiente el Ministerio de Educación se hizo cargo nuevamente de la feria. Yo estoy inmiscuida en la asamblea del libro que reúne a varios escritores, editores y gente del ecosistema del libro aquí en el Ecuador. Y nosotros estamos muy molestos y muy preocupados porque más allá de cualquier duelo partidista que se pudiera estar dando entre las instituciones, a nosotros lo que nos preocupa realmente es que se corten estos espacios", explica Araya a Sputnik.

Desde una perspectiva de resistencia, Araya sostiene que el libro no es un simple producto de mercado o un accesorio institucional, sino una herramienta de soberanía mental.
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"Las ferias del libro son lugares de encuentro, de que se promocione precisamente el acto de leer del libro como el objeto más revolucionario que puede existir. El libro es el que te permite pensar por ti mismo y creo que todavía no nos hemos dado cuenta de eso a nivel institucional. Siempre estamos anclados a presupuestos, a burócratas que no tienen idea de cultura y eso es complicado", sentencia la escritora.
Ante las críticas del sector, la posición oficial del Ministerio de Educación de Ecuador sostiene que la decisión de asumir la organización de la Feria Internacional del Libro responde a la necesidad de garantizar la continuidad del evento y democratizar el acceso a la lectura.
Según el ente gubernamental, el objetivo es optimizar los presupuestos y asegurar que la feria llegue a un público más amplio, incluyendo el sistema escolar fiscal. No obstante, la Asamblea del Libro mantiene su postura de exigencia de una mesa técnica donde los actores del ecosistema —y no solo los burócratas— definan el rumbo de la cultura nacional.
Recientemente, el Gobierno nacional confirmó que Quito contará con una Feria Internacional del Libro, pese a la suspensión anunciada por el Municipio para la edición de 2026. Aún así se esperan fechas y anuncios oficiales.

El fin de la mirada eurocéntrica

Uno de los grandes hitos de la literatura ecuatoriana y latinoamericana actual es la ruptura con los moldes impuestos desde el exterior. La lengua española, lejos de ser un bloque estático, se ha convertido en un territorio de experimentación donde las voces independientes están narrando realidades que antes eran invisibilizadas por los grandes sellos editoriales.
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Araya enfatiza que la mutación de la lengua es lo que permite narrar la complejidad de la existencia en Latinoamérica. En este proceso, la edición independiente juega un rol fundamental al garantizar la bibliodiversidad.

"La lengua como un ente vivo lo que ha hecho en Latinoamérica es mutar, es mutar de una manera maravillosa para narrar las vidas complejas, las existencias complejas que se tienen en Latinoamérica. Creo que la bibliodiversidad es fundamental precisamente para conocer otros ámbitos y que el libro no se quede estancado solamente en un producto mediático", afirma Araya.

Esta diversidad es la que permite que el libro deje de ser una pieza de consumo pasivo y se convierta en una forma de resistencia política real, permitiendo que "para cada loco haya un libro".

Desmintiendo el mito

Durante años, ha circulado en medios y discursos oficiales una estadística que asegura que en Ecuador se lee apenas "medio libro al año".
Según el reporte del Instituto Nacional de Encuestas y Censos del año 2012 se establece que tres de cada diez ecuatorianos no destinan tiempo para la lectura. Además, el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC) muestra que los ecuatorianos en promedio leen solo medio libro al año, cuando en Argentina y Chile es 5,4 y 4,6 libros por año per cápita, es decir, diez veces más que en Ecuador.
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Araya califica esta información no solo como obsoleta, sino como un ejercicio de "ninguneo" hacia la ciudadanía.

"Creo que se ha producido una especie de ninguneo al lector ecuatoriano, porque todavía circula, y me da una vergüenza ajena que sigan sacando en los medios, una encuesta del año 2012 de que en el Ecuador se lee medio libro al año. Es una mentira, es una encuesta hecha del 2012 y que fue una encuesta súper parcializada. Prueba de ello es la asistencia masiva del año pasado a la Feria Internacional de Quito", rebate la editora.

En 2021 tuvo lugar la primera Encuesta de Hábitos, Prácticas y Consumos Culturales en el Ecuador continental y de acuerdo a los datos recabados, en el país el 57,2% de los entrevistados leen libros. El estudio concluye que el ecuatoriano lee un libro completo y dos libros a medias al año, sin embargo, han pasado aproximadamente cinco años de estos censos.
El crecimiento del interés por la lectura en Ecuador se debe, en gran medida, a que las personas han encontrado en las editoriales independientes temáticas que resuenan con su cotidianidad, alejándose de los contenidos estandarizados que a menudo provienen de los centros de poder cultural en Europa.
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El reto de la inmediatez

A pesar del auge creativo, los problemas de distribución siguen siendo un lastre histórico en la región. Araya compara el esfuerzo actual de los autores locales con el sistema de mensajería incaico para graficar la precariedad de la promoción estatal.

"La distribución creo que en Latinoamérica siempre fue difícil, en los años del boom era difícil, la gente se pasaba los libros como si fuéramos chasquis (jóvenes corredores mensajeros del imperio Inca (Tahuantinsuyo) que transportaban mensajes, quipus (nudos con información) y pequeños objetos a gran velocidad por la red vial Qhapaq Ñan), era la única manera. Pero también quizás falta un impulso estatal desde las instituciones para promover a los propios autores, cosa que no pasa en el Ecuador", advierte.

A este reto logístico se suma la competencia con el flujo de información digital. En una era donde los jóvenes están acostumbrados a contenidos de tres minutos, el libro exige una atención que supere las diez páginas, lo cual debe ser alentado desde la educación temprana para evitar que el pensamiento crítico se diluya en la inmediatez.

Literatura del límite

Al hablar de referentes actuales, Sandra Araya cita el reciente éxito de autoras como la argentina Samanta Schweblin, cuya obra Siete Casas Vacías explora los límites del ser humano a través de realidades cotidianas dolorosas. Para la experta, por ahí debe caminar la exploración literaria: hacia las posibilidades del ser.
Finalmente, Araya hace un llamado a la "humanización" del objeto libro, lejos de la frialdad de las cifras y los inventarios estatales:

"El libro es para leerlo, es para disfrutarlo, es para rayarlo, es para prestarlo, es para quererlo, es para destrozarlo. Pero si no tienes contacto con los libros, no sé si puedes opinar sobre el mundo del libro y eso sí es para las instituciones: si no vas a ferias de libros, si no sabes lo que es comprar un libro, si no sabes lo que es llorar porque se te perdió un libro, o llorar con un libro, no puedes opinar", remata.

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