Clarisa Álvarez extiende sobre la mesa del comedor una pila de hojas que no entra del todo en la madera. Son más de 600 páginas de historia clínica. Las ordena por fecha, marca nombres, compara horarios. No está detrás de un diagnóstico: busca el punto exacto en que su padre empezó a morir sin que nadie lo advirtiera.
Lo que Clarisa intenta reconstruir en esa mesa excede por mucho el fallecimiento de un hombre. La Justicia federal investiga el fentanilo adulterado como la peor tragedia sanitaria de la historia argentina: una crisis a nivel nacional que mató a 124 personas durante 2025 y tiene un centenar más de casos en estudio.
Durante semanas, su familia creyó que Ramón Álvarez había muerto por un infarto. Esa fue la explicación que cerraba la historia, la versión que permitía llorar sin abrir otra pregunta. Él tenía 69 años, había trabajado como chofer de ambulancias y conocía el lenguaje médico.
Entró al Hospital Italiano de la ciudad de La Plata —capital de la provincia de Buenos Aires— el 6 de febrero de 2025 por un dolor abdominal y, pocas horas después, llegaron los stents.
Algo cambió
Clarisa conserva una escena con terquedad. Su padre está sentado en la cama de coronarias, paciente, hablándole con calma sobre el alta cercana. Ella le recuerda que al día siguiente viajaría por una semana. Él le responde sin dramatismo, casi con fastidio: que no se preocupe, que pronto lo pasarían a una habitación común, que para el fin de semana ya debería estar en su casa. No habla un hombre que se siente al borde del final.
Diez días después, cuando su hija regresó, ese cuerpo ya no era el mismo. "Era otra persona. Ya no se parecía en nada al hombre que había entrado caminando al hospital", dice a Sputnik con la voz compungida. Había perdido fuerza, aire, volumen. La internación, que al principio parecía una curva incierta pero ascendente, se había transformado en una pendiente. Los médicos insistían con una explicación: el corazón.
Pero la familia notaba algo distinto. Sangre. Catéteres. Una neumonía bilateral que había llegado sin aviso. Una debilidad demasiado rápida para encajar en el relato sereno de la complicación cardíaca. "Nos decían que era el corazón, pero nosotros lo veíamos cada vez más débil", recuerda Clarisa. Ramón murió el 12 de abril. La muerte cerró una etapa y abrió otra, más difícil de nombrar.
La carpeta que ahora revisa no es solo un archivo: es el lugar donde la versión oficial empezó a resquebrajarse. Entre partes médicos, planillas de enfermería y listados de medicación apareció una palabra que no recordaba haber oído con esa insistencia junto a la cama de su padre. Fentanilo. Una vez. Otra. Y otra más. Entonces dejó de leer como hija en duelo y empezó a hacerlo como testigo.
Si un medicamento inyectable pierde esterilidad, puede convertirse en una vía directa de infección. Eso empezaron a sospechar los médicos cuando pacientes críticos comenzaron a desarrollar cuadros bacterianos inusuales. En las ampollas aparecieron Klebsiella pneumoniae MBL y Ralstonia pickettii, dos bacterias asociadas a brotes hospitalarios capaces de disparar neumonías, shock séptico e infecciones graves.
"Para saber qué pasó tuvimos que leer cientos y cientos de páginas llenas de términos técnicos", dice Clarisa. Hurgó buscando una lógica. Encontró otra cosa: dosis, horarios, repeticiones, lagunas. "En la historia clínica decía que le daban fentanilo como si fuera agua", denuncia.
Daniel Oviedo ingresó al mismo nosocomio el 25 de febrero de 2025. Tenía 44 años, era paciente renal y estaba en diálisis. Había atravesado episodios respiratorios previos, duros pero controlables. Por eso, cuando lo pasaron a terapia intensiva, su familia sintió miedo, pero no la clase de temor que anuncia una despedida.
Después llegaron la intubación, la traqueotomía, las cirugías sobre la fístula, los antibióticos y explicaciones que nunca terminaban de explicar nada. Su madre, Sandra Altamirano, encadena recuerdos como quien recorre un pasillo lleno de puertas cerradas. “Vomitaba sangre y nos decían que era la alimentación”, denuncia ante el micrófono de Sputnik.
Daniel fue perdiendo peso hasta volverse irreconocible; "salió pesando 20 kilos", recuerda Sandra. Lo dice sin levantar la voz, como si la desmesura del dato bastara. Murió el 17 de mayo. Durante unos días, la familia creyó que el cuadro renal, la terapia intensiva y las complicaciones de una internación larga explicaban todo. Después apareció una publicación en redes.
"Nos enteramos del fentanilo por una nota que vimos", cuenta. La verdad no llegó desde un comité médico ni desde una llamada de las autoridades. Llegó por una pantalla. Después vinieron las preguntas, el juzgado y la confirmación de que Daniel había recibido ampollas de los lotes bajo investigación. "Si no nos movíamos por nuestra cuenta, nunca nos hubiéramos enterado”, dice Sandra.
El punto medular
El brote fue detectado en el propio Hospital Italiano, donde se observaron infecciones inusuales en pacientes de terapia intensiva y se cultivaron ampollas en circulación. La Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) prohibió primero el lote 31.202 de citrato de fentanilo HLB y, más tarde, la investigación amplió el foco al 31.244 y a otras partidas reportadas como contaminadas.
La investigación determinó que el fentanilo utilizado en esos nosocomios había sido producido dentro de una cadena industrial concreta. La firma HLB Pharma figuraba como titular comercial del sedante y Laboratorios Ramallo como el establecimiento encargado de su elaboración. Los lotes bajo investigación fueron distribuidos a hospitales de distintas provincias antes de que se detectara la contaminación.
La magnitud del problema empezó a dimensionarse cuando los investigadores revisaron la circulación del medicamento. Solo dos lotes —el 31.202 y el 31.244— concentraban cerca de 309.000 ampollas que habían sido enviadas a hospitales públicos y privados de todo el país. Cada una de esas ampollas podía terminar en el cuerpo de un paciente en terapia intensiva.
Meses después, muchos de esos expedientes terminaron apilados en otro escritorio: el del Juzgado Federal N.º 3 de La Plata.
Allí, el juez Ernesto Kreplak encabeza la investigación sobre la fabricación y distribución del fentanilo adulterado. Con intervención de la Fiscalía Federal N.º 1, el expediente intenta reconstruir cómo el sedante contaminado llegó a establecimientos médicos de distintas provincias. En total se pudieron comprobar 172 casos: 124 víctimas fatales y 48 sobrevivientes. Sin embargo, hay más de un centenar de muertes sospechosas bajo estudio.
Hasta el momento, cinco personas fueron detenidas por su presunto vínculo con la fabricación y comercialización del sedante. Entre ellas figuraban directivos y responsables técnicos de los laboratorios involucrados —Ariel Fernando García Furfaro, Diego Hernán García, José Antonio Maiorano, Javier Martín Tchukrán, Nilda Furfaro—, todos bajo investigación por su papel en la cadena de elaboración y control del fármaco.
Los investigadores analizan adulteración de sustancias medicinales con resultado de muerte, circulación de productos peligrosos y posibles omisiones o connivencias en organismos de control. El expediente también volvió sobre el papel desempeñado por los efectores de salud: cómo detectaron el brote, qué informaron y en qué momento dejaron de usar el fármaco.
La solidaridad ante la pérdida
En ese punto, las tragedias privadas empezaron a entrelazarse. Las familias se buscaron, compartieron historias clínicas, armaron grupos, fueron a marchas y se esperaron en pasillos judiciales. Lo que al principio era una sospecha aislada empezó a tomar la forma de una comunidad involuntaria.
Por eso Clarisa y Sandra eligieron hablar allí, frente al Hospital Italiano, donde estuvieron internados Ramón y Daniel y donde el brote empezó a adquirir forma. Mientras responden, la puerta principal se abre y se cierra con el movimiento habitual de la tarde. Nada en ese edificio delata, a simple vista, la magnitud de lo que ocurrió adentro.
Las dos se conocieron así: por el modo en que una historia llamó a la otra. Primero fueron nombres repetidos, diagnósticos parecidos, síntomas que volvían. Después llegaron los mensajes, las carpetas fotocopiadas, las coincidencias insoportables. Lo que cada una había vivido como una desgracia privada empezó a revelar un patrón.
"Nosotros tuvimos tres duelos", dice Clarisa. El primero fue la muerte de su padre. El segundo, enterarse de que durante esa internación le habían administrado un medicamento bajo sospecha. El tercero, comprender que ese dolor no terminaba en su casa: seguía en otras madres, otras hijas, otros expedientes, otras camas de terapia intensiva del país.
Cuando Sandra habla no necesita subir la voz. "Si no nos movíamos por nuestra cuenta, nunca nos hubiéramos enterado", dice. La frase no solo condensa la historia de Daniel. También explicita el recorrido que hicieron otras familias: del velorio a las redes, de las redes al juzgado, del juzgado a un archivo de hojas donde la verdad aparece, tarde, escrita en abreviaturas.
Más tarde, ya en su casa, Clarisa vuelve a abrir la carpeta. Pasa una hoja, relee una marca negra, deja otra vez los papeles sobre la mesa. Después los acomoda y los guarda en una funda. La carpeta queda cerrada. Adentro, la palabra fentanilo sigue ahí, escrita en tinta médica, inmóvil.
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