El pasado 11 de agosto Rusia se convirtió en la primera nación en registrar una vacuna contra el COVID-19, Sputnik V, desarrollada por el Centro de Epidemiología y Microbiología Gamaleya, hecho al que los científicos y teóricos de otras latitudes, en vez de sumarse a la celebración de semejante logro en pos del bien común, no demoraron en ponerlo bajo lupa, incluso elaborando teorías —o dicho de otra forma, especulaciones— de por qué el mismo carecía de credibilidad hasta el punto de cuestionar desde su existencia hasta su eficacia.

Actualmente, en un mundo dividido más por modelos económicos que por ideologías, o más bien dividido en ideologías modeladas por esquemas económicos y en donde el teorizar ha desplazado en definitiva al positivismo, es importante para cada parte dentro del tablero de juego global demostrar que sus argumentos son los correctos aun cuando sus fundamentos y resultados estén fuera de la vista de los demás, por tanto hay jugadores que, incluso ante la ausencia de estos efectos concluyentes deciden con premeditación y hasta malicia darle a sus posturas la categoría de verdad y a su vez desacreditar la posición del resto de los adversarios.
No obstante, como en el aparentemente ingenuo juego infantil referido más arriba, si el papel vence a la piedra, la tijera vence al papel y la piedra vence a la tijera, los resultados, una vez más, vencen a la teoría. Por consiguiente, con la publicación en la revista científica The Lancet de su artículo sobre la vacuna rusa Sputnik V, las especulaciones de la otra esquina en la arena mundial en cuanto al tema llegan a su fin.
Luego, se pregunta uno quiénes en realidad son los que inventan conjeturas y quiénes dicen la verdad. Es allí en donde debemos caer en cuenta de que la verdad no es otra cosa que la suma de un conjunto de hechos basados en resultados y no de un montón de suposiciones reveladas como incuestionables.