Internacional

¿A dónde se dirige EEUU?: ¿fin de la hegemonía o apocalipsis elegido?

Alexandr Yakovenko, diplomático, exembajador ruso en el Reino Unido y rector de la Academia Diplomática del Ministerio de Exteriores de Rusia, reflexiona sobre cómo el conflicto con Irán ha llevado a Washington a una trampa capaz de enterrar la hegemonía estadounidense.
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La palabra 'trampa' se oye cada vez más dentro de EEUU para describir la situación en la que Donald Trump se ha visto envuelto respecto a Irán por obra de Benjamín Netanyahu. Aunque quizá sea más exacto decir que todo esto es consecuencia de la fuerte atadura del proceso de definición de los intereses estadounidenses a Israel, donde en los últimos 10–15 años se ha producido una radicalización política. Y esta trampa parece haber resultado fatal para EEUU.
Washington no puede comportarse como Tel Aviv en Gaza y Líbano: de lo contrario, la diferencia entre ambos desaparecería para siempre. No sería Israel quien se elevara al nivel de EEUU, sino EEUU quien se vería reducido al tamaño de Israel. Esta es la magnitud de las apuestas que el establishment estadounidense y, en especial, los responsables directos —incluido el estamento militar— en la línea iraní no pueden desconocer. Como se reconoce en el propio Israel, en esta dinámica "está perdiendo a EEUU".
Al verse confrontado directamente con el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica —consecuencia de la apuesta por la eliminación de la dirigencia política iraní—, Washington se ve compelido a legitimar este componente armado del sistema político iraní mediante negociaciones indirectas. Se trata de un actor que los propios estadounidenses han designado como organización terrorista y que, al parecer, no tiene intención de desaprovechar la oportunidad histórica que se le ha brindado: poner término, de manera unilateral, no solo al orden americano-céntrico en Oriente Medio, sino a la hegemonía global de EEUU en su conjunto, ostentando además una posición de dominio en la escalada. ¡Quién habría imaginado que el destino otorgaría a Teherán el papel del David bíblico frente al nuevo Goliat!
Desde el punto de vista técnico, la situación recuerda a la primera mitad de los años setenta, cuando Washington abandonó el patrón oro y aprovechó la crisis petrolera de 1974 para instaurar el sistema del petrodólar, por el cual el precio del crudo se fijaba en dólares, creando una demanda artificial de la moneda estadounidense.
Durante toda aquella década, EEUU sufrió una de las peores crisis económicas de su historia. Si Teherán cierra el estrecho de Ormuz —lo que correctamente se denomina "la bomba nuclear iraní"—, puede desencadenar una recesión global de consecuencias catastróficas para la economía estadounidense y el fin del petrodólar tal como lo conocemos.
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China ya venía comprando petróleo a los países árabes del Golfo en yuanes, pero ahora, después de la destrucción de su infraestructura energética —que podría ser total si hay una nueva ronda de confrontación armada—, les faltan precisamente esos dólares para reconstruir y simplemente para vivir en condiciones de paz. Emiratos Árabes Unidos solicitó a Washington una línea de swap de la Reserva Federal: de lo contrario, se verá obligado a pasar al yuan, lo que equivaldría ni más ni menos que a un viraje estratégico hacia Pekín: "¡Adiós, EEUU!". Nada personal. Todo se construyó sobre arena, literal y metafóricamente. ¿Por qué fue necesario arriesgarlo todo?
Washington se enfrenta a una elección: lanzar una segunda oleada de ataques contra Irán, lo que claramente busca y comprende que el final del conflicto debe ser definitivo y, por tanto, puramente militar, sin diplomacia alguna, o, bajo cualquier cobertura, aceptar las condiciones del país persa y retirarse en silencio de la región, sin pagar nada, volviendo al seno del electorado MAGA, mientras los republicanos aún puedan salvar algo, de cara a las elecciones intermedias de noviembre.
En cualquier escenario, el control del estrecho de Ormuz queda en manos iraníes.
Esta elección o destruirá para siempre el respeto y la credibilidad de EEUU, o se los devolverá, pero solo a condición de que se normalice como una gran potencia global más: un estatus que deberá ganarse día tras día con logros en su propio desarrollo —tecnológico incluido— y renunciando a vivir a costa del resto del mundo. De lo contrario, no funcionará. Como no funcionó en las últimas décadas, cuando las élites estadounidenses creían que el famoso "liderazgo" les había sido otorgado por derecho divino para siempre y que no hacía falta demostrarlo.
Ya hace 20 años, el politólogo estadounidense Zbigniew Brzezinski advertía que, para mantener su posición en el mundo, EEUU debía guiarse en su política exterior por algo más grande que los estrechos intereses nacionales y que esa visión del futuro debía ser compartida por otras naciones. Solo los estadounidenses pueden responder al desafío surgido del conflicto con Irán. Todos los demás, incluidos los aliados, han optado por una posición de distancia, y ese distanciamiento —no su poderío militar— es como el far niente italiano que ya ha destruido de facto la OTAN y funciona como la "bomba nuclear pacífica" iraní. Recordemos que exactamente esa distancia del sur y el este global fue lo que hizo fracasar las sanciones contra Rusia en el conflicto ucraniano.
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Queda, además, lo que cabe llamar una guerra civilizacional de exterminio —la vivimos en 1941-1945, cuando los nazis alemanes actuaban en nombre de la "Europa civilizada"—, es decir, fuera de todo marco jurídico internacional, incluido el humanitario. A eso se reduce el manifiesto de 22 puntos de Palantir, que propone olvidar la moral en las decisiones políticas y actuar sin piedad contra enemigos de otras civilizaciones, partiendo de que hay culturas exitosas y culturas "nocivas".
Entre estos enemigos figuran Irán y Rusia. Este apogeo del militarismo impulsado por IA ("¡Que luche él!" — el colmo de la deshumanización de la guerra, vía que los estadounidenses ya recorrieron en su "guerra contra el terror" con drones) y del totalitarismo proclama como meta la creación de un nuevo Estado corporativo hipertecnológico (República tecnológica de Alex Karp) dirigido por Alex Karp, cuyos sacerdotes saben más que nadie. Como si al mundo no le bastara la experiencia del Estado corporativo bajo el fascismo y el nazismo europeos. ¿Y en qué se diferenciaban los imperios coloniales dirigidos por empresas privadas? La propia Compañía Británica de las Indias Orientales condujo a la India a la rebelión de los cipayos de 1857, después de la cual, Londres asumió directamente el control de la colonia.
De ahí solo hay un paso hasta el empleo del arma nuclear —que afortunadamente Trump lo niega, afirmando que "ya ha ganado de todos modos"—, puesto que, según la comprensión del fundador de Palantir, Peter Thiel, el Anticristo ya camina entre nosotros: la escatología religiosa justificaría también esto. En su Apocalipsis de nuestro tiempo, el escritor y filósofo ruso, Vasili Rozánov, escribió duras verdades sobre el cristianismo y el destino histórico de Rusia, pero admitía que en la catástrofe de la guerra europea "todo se precipita en el vacío de un alma que ha perdido su antiguo contenido", que era precisamente el cristianismo.
Ni a él ni a nadie en el mundo cristiano hasta ahora (los nazis se volcaron al ocultismo) se le ocurrió ponerse a dirigir un apocalipsis declarado arbitrariamente. Es decir, usurpar el papel de Dios (de ahí el choque con el Vaticano). ¿O es que estas élites —que desde siempre han tenido una conciencia profunda de su excepcionalidad en forma de autoelección y autjustificación y, por tanto, del derecho al genocidio heredado de los fanáticos— no pueden ofrecer nada más ni a su pueblo, ni al mundo?
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Como señaló el historiador militar Michael Vlahos en su ensayo EEUU es una religión (publicado en The American Conservative), históricamente EEUU ha sido mucho más que un Estado-nación moderno y, en su mesianismo, se acercaba a las civilizaciones orientales, llamada a llenar ese vacío del alma del que hablaba Rózanov. La modernidad quita, no da.
Juzgar al otro de "primitivo" crea las condiciones para su deshumanización (igual que la tesis israelí del supuesto "holocausto nuclear"). Por eso, al negar a Irán el derecho a ser lo que EEUU fue alguna vez (pero perdió tras seis décadas de guerras fallidas), Washington es estructuralmente incapaz de diseñar una estrategia victoriosa contra Irán. La actual "narrativa redentora" de las élites se resume en el eslogan "la paz mediante la fuerza", cuya ejecución debe reforzar la legitimidad del poder estadounidense, que ha optado por el camino de la "coerción y el castigo" tanto dentro como fuera. Según Vlahos, esta interrelación es una "dinámica mutuamente destructiva".
La gran pregunta es si los propios estadounidenses están dispuestos a aceptar la transformación de su sociedad y Estado que les proponen los multimillonarios de la tecnología. El tiempo lo dirá. Pero si EEUU toma este camino, se enfrentará frontalmente al resto del mundo y se convertirá en un paria global. Nadie mirará con indiferencia este giro transhumanista de la política autodestructiva de las élites estadounidenses. Lamentablemente, la declaración de Trump sobre su intención de "destruir la civilización iraní paria" encaja perfectamente con estas recetas. Ojalá que detrás de esta retórica solo haya enfado por el hecho de que Teherán se comporta "de forma deshonesta e incorrecta", destruyendo las expectativas iniciales y sin fundamento de Washington y Tel Aviv.
En términos simples, la elección que tiene EEUU es la misma que plantearon politólogos independientes ya en tiempos de Barack Obama: aferrarse a la existencia en un sistema cerrado (un control cada vez más ilusorio sobre el mundo) o aprender a vivir en un sistema abierto, compitiendo de igual a igual con el resto de los países. Y parece que, precisamente, Irán va a ayudar a las élites estadounidenses a tomar la decisión correcta, acorde con los tiempos y con las capacidades reales de EEUU, que por primera vez en la historia moderna quedan tan claramente expuestas en Oriente Medio y más allá.
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