De la Tenochtitlán azteca al Zócalo de Ciudad México

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México, PL, para RIA Novosti. Por Yudith Díaz Gazán.- Cuenta la leyenda azteca que el pueblo recibió una profecía mediante la cual debía establecerse en el lugar escogido por un águila al posarse sobre un cactus: El Zócalo, en la Tenochtitlán de la actual Ciudad de México.

Con una serpiente en el pico, el ave eligió la plaza como el centro de la capital mexicana.

 

Pocos lugares encierran tanto significado para la cultura nacional, pues en él convergen un monumental espacio público y emblemáticos hitos urbanos.

 

La segunda plaza más grande del mundo, sólo superada por la Tiananmen de Beijing, tiene un entorno colosal e histórico; vale la pena caminarla y descubrir a sus habitantes: chamanes ofreciendo limpiezas, y aborígenes danzando y vendiendo artesanías.

 

Los antecedentes del Zócalo nos remiten a la época prehispánica, cuando en este sitio existía un espacio abierto como parte del ceremonial de la Tenochtitlán del imperio azteca.

 

Al llegar los españoles, dejaron parte de la antigua ciudad, pero ensancharon el espacio, al dar inicio a la construcción del Palacio del Virrey (Palacio Nacional), en el entonces Palacio de Moctezuma Xocoyotzin.

 

Mientras, en el sector norte del Zócalo se destinó un solar a la edificación de la Catedral Metropolitana, próxima a donde se conservan hoy las reliquias del Templo Mayor azteca.

 

El flanco poniente revela el establecimiento de varios comercios, los cuales dieron origen al llamado Portal de Mercaderes, y finalmente en el extremo sur se construyó el Palacio del Ayuntamiento de Ciudad de México.

 

Grandes transformaciones ha sufrido el Zócalo con el devenir histórico, los edificios enclavados ahí han sido varias veces demolidos o remodelados.

 

También en su momento tuvo áreas verdes, monumentos, fuentes e incluso un mercado: El Parián, que en la época virreinal funcionó como abasto de telas, vajillas, moda y mercancías provenientes de la Nao de China.

 

Esa era una flota de galeones que partía del puerto de Acapulco y llegaba al Oriente para traer toda clase de objetos exóticos y abastecer -según historiadores- el denominado mercado novo-hispano y europeo.

 

Entre sus desventuras sobresale haber sufrido la peor inundación de toda su historia, al año de ser pintada por Trasmonte en 1628.

 

La riada duró desde 1629 hasta 1633 y destruyó gran parte de la ciudad, donde murieron 30 mil indígenas y las familias españolas la abandonaron; se redujo el número de 20 mil a 400 vecinos.

 

Los españoles menospreciaron y destruyeron el sistema hidráulico de los mexicas con resultados nefastos: sucumbió el delicado equilibrio que guardaba el entorno lacustre de la majestuosa Tenochtitlán.

 

Más allá de ser la sede del poder político, económico y religioso de México, así como el espacio para mezclar pasado indígena y virreinal, con más de cuatro siglos de historia, el Zócalo es también el sitio donde el pueblo celebra fiestas o manifestaciones.

 

Ahí, los mexicanos forman parte de la historia: en tiempos prehispánicos con ritos y ceremonias religiosas aztecas y en el Virreinato con las proclamaciones de reyes y virreyes.

 

También en el período independiente, al conmemorar el día de la independencia, bienvenidas a jefes de Estado, protestas o eventos culturales.

 

Su esencia es simple, hacer del Zócalo un punto de contacto entre millones de personas que durante siglos se aferran a sus costumbres por un México mejor.

 

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