A las seis de la mañana, una mujer recorre incesantemente la distancia entre la cocina y el depósito. En el trayecto repite mentalmente una lista breve: un abuelo que no puede pagar los medicamentos, una madre cuyo bebé no se despega de su cintura, un niño que buscará la comida para sus hermanos. No los vio todavía, pero sabe que existen y que, en unas horas, dependerán de lo que salga de las ollas que comienzan a preparar.
En el municipio bonaerense de La Matanza, a 31 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, el día empieza así: es la rutina de los comedores, el último eslabón de contención social en Argentina.
En el Comedor Comunitario Obrador Acuario todavía no hay público, pero sí trabajo. El vapor se pega a los azulejos y hace que la luz se vea vieja, brumosa. Ese día, el menú es bife con puré de papa y zapallo, y la preparación sigue una lógica casi coreográfica: una mesa para pelar, otra para aplastar, otra para acomodar carne. En una punta, un grupo arma albóndigas para el día siguiente; sobre bandejas metálicas van quedando bolitas idénticas, crudas, alineadas.
Nancy llega siempre a las cinco de la mañana. Dice que se levanta a las tres y recién vuelve a su casa 12 horas más tarde. En el medio hay un hilo de tareas que no cesa: acomodar ollas, prender hornallas, picar, mover, salar, limpiar.
"Siempre hay algo para hacer, sea para ese día o para el siguiente", dice a Sputnik mientras sus compañeros continúan su labor. Después de servir, se quedan limpiando; la cocina es un lugar que no se abandona cuando se entrega la última porción, sino cuando el piso vuelve a estar seco y el olor baja un escalón.
María trabaja ahí hace cuatro años y tiene una frase que repite con una sonrisa cansada: le gusta lo que hace porque es "gratificante ver que un granito de arena termina ayudando a alguien". A veces se queda hasta la noche para dar una mano si falta alguno de sus integrantes o si la limpieza se atrasa. En su forma de contarlo hay una lógica comunitaria: como no tiene hijos pequeños, puede destinar más tiempo. En un comedor popular, esa disponibilidad es uno de los recursos más valiosos.
Frente al edificio empieza a delinearse el clima de cada jornada. Todavía no es una fila, sino la incipiente sucesión de personas que asoman, preguntan, se guardan un número en el bolsillo y vuelven a irse. Hay quienes llegan de otros barrios, incluso de otros municipios. La demanda continúa creciendo con una presión leve que aumenta a medida que se acerca el mediodía. El comedor todavía no entregó nada y, sin embargo, ya está administrando expectativas con un papel que representa la garantía de un plato de comida más tarde.
Angélica es una de las encargadas y su tarea es medir y controlar: cuántas ollas, cuántas porciones, cuántos números, cuánta gente. "Acá trabajan 60 personas. Están divididas en grupos: uno cocina, otro ayuda, otro pica, otro pela la verdura y otro limpia", enumera.
"A veces parece poca gente para todo lo que hay que hacer", agrega. Dice que la institución está en este lugar hace unos ocho años, pero que la historia es más larga: empezó antes, se mudó, creció, cambió de escala.
De la excepción a la regla
El Comedor Comunitario Obrador Acuario funciona desde 1989, y esa fecha no es un adorno histórico: en el conurbano bonaerense, el fin de esa década quedó como una marca de origen para muchas formas comunitarias de subsistencia, en medio de la sucesión de episodios hiperinflacionarios que marcaron a fuego la memoria del país.
La década de 1990 consolidó a los comedores como respuesta barrial frente a un mercado de trabajo cada vez más frágil, signado por el creciente desempleo producto de la crisis industrial a la que llevaron las medidas implementadas por el Gobierno de Carlos Menem (1989-1999). En 2001 la situación explotó: mientras el presidente Fernando De la Rúa (1999-2001) renunciaba dejando la Casa Rosada en helicóptero —y abriendo una crisis que se cobró decenas de muertos y la sucesión de cinco presidentes en 11 días—, las ollas populares se convirtieron en parte del paisaje urbano.
Este comedor, además, cocina para otros. Mónica, que trabaja desde hace tres años, explica que desde acá preparan comida para otros 10 comedores que pasan a retirarla para llevarla a barrios cercanos. "Cada uno ayuda a más de 100 familias", precisa.
Javier, otro de los trabajadores, se refiere a la institución como una instancia que no se agota en la comida. "Aparte de la ayuda alimentaria, ofrecemos apoyo escolar a través del programa FINES, que es una ayuda para que quienes vienen al comedor también puedan terminar la escuela y capacitarse en oficios como herrería, carpintería o peluquería", explica.
Un problema estructural
La Matanza no es un barrio: es un municipio entero, el más poblado de Buenos Aires. Ahí viven casi dos millones de personas, cifra que supera ampliamente a la gran mayoría de habitantes de las 24 provincias argentinas. Por eso se la denomina coloquialmente como "una provincia dentro de otra". En ese epicentro de la política argentina, uno de los bastiones del peronismo, los indicadores sociales muestran más pobreza e indigencia que en el resto de la nación sudamericana.
Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), la pobreza en Argentina fue del 31,6% en 2025. Si bien la cifra contrasta con el 52,9% registrado un año antes, en ambas mediciones un dato asoma como revelador: en los grandes conurbanos industriales —como el de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe (centro)— los indicadores son peores.
Los umbrales de esa pobreza también se sienten en el cuerpo. En enero de 2026, la Canasta Básica Alimentaria subió 5,8% en Buenos Aires, según cifras oficiales. Cuando la "línea de pobreza" sube más rápido, lo que se encarece primero es lo que el comedor intenta sostener: la comida mínima. Y en ese mismo es, la inflación general fue de 2,9%, pero alimentos y bebidas no alcohólicas trepó 4,7%, la división de mayor aumento del mes.
En una cocina popular, esos dos números se traducen en una demanda inmediata: porciones que deben rendir más para llegar a cada vez más gente.
Si bien la contención estatal existe, esta aparece como un puente, pero no como solución. Una de las prestaciones más extendidas, la Asignación Universal por Hijo, apenas llega a 129.000 pesos, unos 92 dólares a tipo de cambio oficial. Otra política estatal, la Prestación Alimentar, agrega unos 80 dólares para familias con tres hijos o más. Los expertos precisan que estos montos ayudan a no caer más rápido, pero no garantizan salir del hambre. El comedor ocupa ese espacio intermedio.
En este gran cordón industrial, el empleo agrega otra capa de presión. En medio de un escenario signado por el derrumbe productivo derivado de la conjunción entre la caída del consumo y la apertura a las importaciones, impulsada por el Gobierno del presidente argentino, Javier Milei, el paso del trabajo registrado a la informalidad y la economía de supervivencia suma un factor determinante.
No obstante, el Estado intenta llegar a esos márgenes. Walter, uno de los responsables del comedor, precisa que el espacio funciona con aportes del municipio de La Matanza y donaciones de entidades privadas y públicas. También organizan jornadas solidarias, sacan ollas a la calle y a veces reciben apoyo logístico de organizaciones y sindicatos para moverse por los barrios.
"Llegar a la gente"
Cuando el mediodía se acerca, el comedor cambia de sonido. En la cocina, el golpe del cucharón se hace más rápido; frente al edificio, el murmullo sube. Javier lo explica con naturalidad: por la mañana se retira el papel y al mediodía se vuelve con ese papel para buscar la porción. El sistema tiene algo de oficina mínima: ordena la demanda, reparte turnos, pone un límite.
Ese límite es lo que Angélica llama "máximo": "Asistimos por día a 5.200 personas, que es [el límite] que podemos ofrecer", dice, y recuerda que a fines del año pasado llegaron a 7.000. La diferencia entre una cifra y otra se decide en una olla.
Nancy mira lo que llega, sobre todo, en los cuerpos. "Estamos viendo muchísima más gente que antes: sobre todo madres con nenes chiquitos o adultos mayores. Los abuelos nos dicen que tienen que elegir entre comprar la comida o los remedios", cuenta y hace un silencio sin dejar de mover la olla. Angélica sigue acomodando bandejas.
Cuando habla de su tarea, María vuelve siempre a una palabra: "gratificante". Dice que le gusta ver que "lo que hace le llega a la gente". Es un mantra que impulsa la incansable labor: "después de servir la comida nos quedamos limpiando", cuenta. "La idea es que, después de entregar la comida, dejemos todo listo para la mañana siguiente".
Después del mediodía la situación es otra. El puré ya salió, al igual que los bifes, y sobre una mesa siguen las albóndigas crudas del día siguiente, alineadas, esperando. En el frente, el abuelo que venía con la receta en el bolsillo ya se fue. La madre también. El niño también.
En el aire se respira silencio, pero no reposo. No hay aplausos ni cierre. En unas horas, alguien volverá a cruzar el depósito y la cocina repitiendo una lista en voz baja.
¡No te pierdas las noticias más importantes!
Suscríbete a nuestros canales de Telegram a través de estos enlaces.
Ya que la aplicación Sputnik está bloqueada en el extranjero, en este enlace puedes descargarla e instalarla en tu dispositivo móvil (¡solo para Android!).