"La oposición, que cada vez era más voraz [contra Ortiz Rubio], aprovechaba eso para burlarse. Era demasiado para un diplomático acostumbrado a que le rindieran honores. (...) Fuera de eso, Calles le pedía más y más, lo que le generó una disputa entre aceptar todo lo que le [solicitaba] o no. Por ello, su renuncia tiene, por una parte, el aspecto físico [las secuelas], pero también el de dignidad, de decir 'yo no voy a ser un pelele, un títere de este señor [Calles]'", detalla el autor de El espía continental.
Una vida poco conocida
"Quedé muy impactado, primero porque desconocía la historia, pero, en segundo lugar, le decía '¿y por qué no se ha contado debidamente la historia sobre este peruano?'. Esa es la chispa que conduce a esta investigación que duró aproximadamente cuatro años (...). Fue un hombre extraordinario que tuvo vínculos no solo con la política peruana, sino con la panameña, cubana, mexicana. [Tuvo gran peso] en El Salvador y Nicaragua, con un vínculo muy estrecho e inusual, por ser un país tan distante, con Rusia", ahonda Coya.
Influencia continental
"Algo que hay que reconocer de Jacobo es que siempre tuvo la misma línea de pensamiento. En un momento donde todos, especialmente los políticos, cambian de posición con mucha frecuencia, las lealtades ideológicas no se respetan. [Hurwitz], durante toda su vida, fue de izquierda. Equivocado o no, o que discrepemos con él, no podemos negar que fue una persona que [preservó] su línea política", concluye Coya.
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