Miembro de la Conspiración Minera —el movimiento que buscaba romper los lazos con la corona portuguesa—, Tiradentes pagó un precio muy alto por sus ideales: tras tres años de prisión en Río de Janeiro, fue ejecutado en 1792.
Para que sirviera de ejemplo contra futuras revueltas, su cuerpo fue descuartizado y expuesto en lugares públicos de Vila Rica, la actual ciudad de Ouro Preto, en Minas Gerais.
Sin embargo, el intento de la monarquía por borrar su memoria fracasó. Con la Proclamación de la República, Tiradentes fue rescatado del olvido y elevado a la condición de héroe nacional.